Reflexiones Archives - bysoniconp
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¿De qué hablamos cuando hablamos de engagement?

Me paso el día trabajando con términos como estrategia, objetivos, comunidad o engagement. 

Me paso el día planeando y maquinando el modo de conseguir que nuestros clientes consigan establecer una relación de confianza con sus seguidores en plataformas sociales. Analizando qué tipos de contenidos funcionan mejor en base a los target que tenemos definidos como estratégicos. Ideando acciones que muevan a nuestros usuarios a traspasar la crucial línea que separa al simple seguidor del prescriptor de  marca.

Y resulta que, en muchas ocasiones, un simple (y humano) gesto, un interés sincero y real por el bienestar de nuestros usuarios (ya sean clientes, o clientes potenciales) consigue lo que ni cien mil estrategias perfectamente estudiadas: fidelidad y amor eterno <3

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Mi primer tuit, humildad, blogs y otras chicas del montón…

Sí, yo era de las que decía “el” Twitter…

 


El pasado lunes 11 de marzo (desconozco si desde antes, el lunes fue cuando yo me enteré) Twitter empezó a permitir a los usuarios de su versión en español, y 11 idiomas más, la descarga del archivo histórico de sus tuits desde el primer escarceo tuitero hasta nuestros días.

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#CuestiondeEducacion

– “¿Qué te crees que hizo ayer el Cristian? Está mi madre riñéndole en la cocina porque había tirao el plato al suelo y coge el niño y empieza: ¡Hijaputa, que me dejeeee! y a pegarle, jajajjajaja, tía qué pechá reí esa cosa tan chica, mira, no me reío má en toa mi vida”

Esta escena, totalmente verídica, la viví hace algunos días mientras esperaba en la puerta de la Oficina de Empleo que me corresponde a que apareciese mi nombre en la pantallita de cita previa habilitada al efecto en su interior.

El ambiente cargado de la oficina (mañana lluviosa, paraguas chorreantes convirtiendo el suelo en un peligroso y resbaladizo lodazal, caras tristes, muchos dramas alrededor) hacía que el fresquito de la entrada resultase decididamente más acogedor. El humo de los cigarrillos de mis vecinas de espera, pero sobre todo su conversación, me convencieron en pocos minutos de lo contrario.

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“Saluda cuando entres en un sitio, pide las cosas por favor…

… da las gracias, responde cuanto se te pregunte y habla de usted a las personas mayores”.

¿Os suena de algo? Estas sencillas reglas de cortesía han sido una cantinela constante en mi infancia, repetida “cienes y cienes” de veces por todos los adultos que se han ocupado de intentar convertirme en una personilla.

Tal cantinela, no obstante lo pesada que me pudiera resultar cuando era niña, ha obtenido el resultado deseado: soy absolutamente incapaz de no dar los buenos días o las buenas tardes cuando entro en un sitio, tan incapaz como de no pedir algo por favor, de negar las gracias o una respuesta, o de tutear a mis mayores.

¿Prehistoria? A veces, y viendo algunos de los comportamientos que nos rodean, parece que sí. Otras veces pienso que se trata de sencilla (que no simple) educación.

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Y al 2013 le pido…

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“Felicidad, qué bonito nombre tienes…”

No soy de pedir grandes deseos ni de fantasiosos propósitos que olvidas tal como te tomas las uvas. Por eso, lo único que le pido al nuevo año (impar, 13… buenas vibraciones ^_^), para mí y para quienes quiero, son toneladas de felicidad, de esa que te llena el corazón y te hace preguntarte qué has hecho tú para merecer tanto.

Feliz 13, queridas, queridos. Este va a ser nuestro año 😉

Muévete, no eres un árbol

Reflexionando sobre la reinvención y el movimiento, qué cosas…

De todas las frases que he atesorado en los últimos meses, quizás en los últimos años, probablemente la que da título al post sea la que más me ha motivado para avanzar. No sabría decir dónde ni cuándo la escuché o leí por primera vez, pero sí a quién: a Alfonso Alcántara.

En este año que lleva doce meses sonando a despedida me ha dado tiempo para recordar muchas cosas. Cosas buenas, se entiende, que las malas sólo se recuerdan para aprender de los errores.

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El papel ha muerto… ¿o no?

Portada de Net-a-porter magazine

 

Si hay algún elemento que pueda considerar icónico en mi vida, ese es la publicación en papel: ya sea libro, periódico, revista, tebeo, cómic, panfleto, folleto… desde que aprendí a leer casi cualquier cosa impresa en papel caía presa de mi voracidad lectora.

En los últimos años, particularmente desde que la eclosión de los dispositivos electrónicos de lectura democratizó el acceso a la lectura en formato digital, nos hemos cansado de escuchar que las publicaciones en papel están condenadas a desaparecer.

Libre acceso y gratuidad de multitud de contenidos, frecuencia de actualización en tiempo real, diferencia de precio del libro electrónico respecto al físico o la imposibilidad de competir con la riqueza del hipertexto propia del lenguaje de Internet son algunos de los motivos aducidos para justificar semejante sentencia: precisamente la incapacidad de competir con la Wikipedia se encuentra en el origen de la decisión que condujo a la desaparición de la edición en papel de la centenaria Enciclopedia Británica.

Ante este panorama, resulta paradójico el caso de ciertas publicaciones que están “desandando el camino”: en lugar de renunciar a su versión impresa en favor de una edición exclusivamente digital, han emprendido la aventura de traducir en ediciones impresas de lujo sus versiones digitales.

La penúltima en lanzarse al ruedo editorial procedente de Internet ha sido Net-a-Porter. El proyecto online de la empresaria Natalie Massenet cuenta ya con una cuidadísima edición online de su revista, y con esta incorporación pretende ofrecer un plus a su exclusivo público objetivo.

Curiosamente este elemento, la exclusividad, marca el denominador común de estas aventuras editoriales.

Según datos ofrecidos por la Asociación Española del Lujo (Luxury Spain), la industria española del lujo prevé cerrar el ejercicio 2012 con una facturación de 4.788 millones de euros, lo que supone un incremento del 14 por ciento respecto a los 4.200 millones registrados el año pasado. El sector de las marcas de lujo no se ha hecho eco de la brutal recesión que ha sufrido el resto de sectores, y por este motivo se puede permitir la experimentación con formatos que ya se consideran poco menos que obsoletos.

En este contexto hay que enmarcar proyectos como Scriptorium, empresa valenciana que se ha especializado en la edición de copias de códices, manuscritos y documentos en pergamino natural de piel de cordero.

Más allá de apasionados debates sobre la oportunidad de la pervivencia o no de un modelo u otro, la opción más inteligente (y probablemente realista) pasa por contemplar el futuro de la lectura como la superación del arquetipo de lectura lineal en pos de una lectura radial, multimedia y multisoporte, donde las ediciones en papel, lejos de desaparecer, se convertirán en un lujo sí, pero también en un placer.

Y tú… ¿eres un codependiente 2.0?

Todos conocemos a personas incapaces de mover un dedo con autonomía: tomar un café, ir de compras, reservar un vuelo, ir a una reunión… cualquier actividad que implique una toma de decisión, del género que sea, se convierte en un obstáculo insalvable para estas personas.

Es más fácil, por supuesto, delegar responsabilidades en quienes te rodean. La codependencia se basa, precisamente, en la autoalienación del yo propio. El estado de autoalienación, como vemos en este pasaje, “saca al hombre de sí mismo y lo hace perder su libertad y responsabilidad”. En cierto modo, así es el comportamiento del codependiente: renuncia a la libertad de decidir y a la responsabilidad sobre sus propios actos y fundamenta su comportamiento y sus sentimientos a partir del comportamiento y los sentimientos de otros seres humanos.

Reflexionaba respecto a estas conductas a raíz de un fenómeno que se observa con enorme frecuencia: esos usuarios, ya sea en su propio nombre o representando a una marca, cuya estrategia de contenidos se basa en “freír” los timelines de sus seguidores, o de influencers que encierran valor estratégico para ellos, con links a sus posts o a sus webs, o a sus FanPages o…

Los ejemplos son legión: publicaciones o fotos de Facebook en las que te etiquetan porque sí, tuits en Twitter en los que te ves mencionado con 5 usuarios más (con el fin de que retuitees el contenido), imágenes de Instagram que algunos/as aprovechan sin pudor para spamear en los comentarios con enlaces a sus propios blogs… por no hablar de los que piden directamente RT al famoso de turno.

Estos “codependientes 2.0″ han optado por el camino más corto: prefieren renunciar a su propia responsabilidad en la creación de comunidad y la generación de engagement con sus targets a través de acciones y contenidos de calidad, y optan por depositar dicha responsabilidad sobre los hombros de las reputaciones ajenas.

Semejante comportamiento, lejos de aportar algún beneficio, puede resultar enormemente contraproducente, sobre todo cuando se trata de una marca la que lo realiza:

  • Provocas rechazo en el usuario: la línea que separa la legítima difusión de contenidos del spam es muy delgada.
  • Pierdes credibilidad: el autobombo machacón cansa y aburre. La propaganda en redes sociales no mola.
  • Saturas: y para tus seguidores, evitar esa saturación es tan fácil como hacer clic en “unfollow”.
  • Es molesto e invasivo: ¿te gustaría que te pegasen un cartel en la ventana de tu casa pidiéndote que hicieras publicidad de un producto?
  • No fidelizas: que te retuiteen o mencionen por “cansinismo” no debería ser uno de tus objetivos.

En la mayoría de los casos, la reacción ante este tipo de prácticas es muy parecida a esta que tuvo Dolores al ver “invadida” la FanPage de su empresa con contenidos intrusivos de una marca que tiene la elegancia de no mencionar:

 

Publicación Dolores Lobillo en Facebook

 

Difusión de contenidos, sí. Asalto a tuit armado de timelines ajenos, no.

¿Y tú qué opinas? ¿Eres de los que prefiere una difusión orgánica de tus contenidos o de los que piensan que “si la viralidad no va al post, llevemos el post a la viralidad”?

La buena suerte

Cuántas veces se confunden esfuerzo y buena suerte.

Cuando una persona tiene éxito, siempre existen las voces que se alzan achacando dicho éxito a “vaya suerte que ha tenido”… (al hablar de éxito me refiero al de verdad, no a salir en la tele por zumbarse a un torero o aparecer en Gandía Shore ;P)

Yo, sin embargo, jamás me he encontrado a nadie en mi vida con una trayectoria personal y/o profesional exitosa que no haya invertido en ella enormes cantidades de esfuerzo.

Por eso, la próxima vez que estés tentado de decir sobre alguien “qué suerte tiene”, pregúntate mejor si no será que tal vez se ha esforzado bastante más que tú.

“La buena suerte es de quien se la trabaja”

Sentido común

Incontables veces he leído, en referencia a las cualidades necesarias para gestionar perfiles sociales, apelar al “simple sentido común” como una de las más valoradas. Sin embargo, tal cualidad no parece ser ni simple, ni mucho menos común. Y conductas que para algunas personas pueden constituir auténticas barbaridades, a otras les parecen perfectamente lógicas e incluso recomendables.

Todo esto me ronda por la cabeza desde que hace algunos días veía esta entrada en el perfil de Google + de Alfonso Alcántara. Aparentemente, uno más de tantos vídeos de niños simpáticos que se cuentan por millones en YouTube. Sin embargo, el autor cuestionaba desde el título la responsabilidad que muestran unos padres o tutores exponiendo de esa manera actitudes privadas de unos niños que no pueden decidir. El debate que el tema suscita lo demuestra la gran cantidad de interacciones que el post ha provocado, ya sea a favor o en contra de la postura de Alfonso.

Poco después, este mismo fin de semana, una actuación irreflexiva (en mi opinión) por parte de una persona muy cercana, también en relación a información inadecuada compartida en redes sociales, me ha hecho plantearme si, de verdad, actuamos con ese tan cacareado sentido común con respecto a la información que publicamos. Es más, ¿se puede hablar de un único “sentido común” como si fuera una verdad inmutable?

Debemos ser conscientes de la huella que dejamos con cada imagen, comentario, vídeo, checkin, actualización de estado… que realizamos cotidianamente, en demasiadas ocasiones sin valorar las consecuencias que acarrean. Sobre todo, si la privacidad que comprometemos no es la nuestra, sino la de aquellos que no pueden decidir. 

No soy madre. No comprendo el afán exhibicionista de muchos padres en dejar al alcance del clic de cualquiera las morisquetas de sus hijos. Y considero que, antes de darle al botón de subir la última gracieta a YouTube o fotos hasta de las ecografías de los pequeños a Facebook, o cualquier otro contenido análogo, deberían pensar que esos seres de los que creen ser propietarios son personitas que tienen derecho, como todo el mundo, a su propia intimidad. 

Sería interesante reflexionar sobre nuestro sentido de la medida, más que sentido común, y si lo estamos perdiendo por no calcular las repercusiones de nuestras acciones en redes sociales.